miércoles, 16 de mayo de 2012

Aunque sea el fin del amor yo he visto el fin del disfraz...


                 Y entonces estábamos sentados los dos. Uno luchando contra las lágrimas y el otro totalmente vencido y con las lágrimas que celebraban su victoria sobre las mejillas. Fue cuando se acercó el tipo trajeado con intención de vendernos andá a saber qué mierda. Lo puteamos. Entendió la situación, pidió perdón y se fue.
            El otro vendedor estaba trepándose a un árbol de la plaza al tiempo que gritaba incoherencias. Hubiera sido material de carcajadas instantáneas e incluso hubiera quedado registrado en nosotros para después contarlo o, simplemente, para recordarlo en esas circunstancias en que los chistes y bromas se agotan y hay que hacer memoria para hacer reír al otro.  Pero no.
            Esa tarde todo nos acompañaba. El cielo gris, el frío, la llovizna… ni un puto pájaro había en esa plaza. Y así fue como se fue todo al carajo. Yo me alejé, vos te quedaste en el banco. Te observé hasta que levantaste y te fuiste por tu camino bajo la llovizna más triste de la historia de la humanidad. Entonces tragué saliva y decidí que también tenía que partir, que era el fin. Yo me fui, vos te fuiste y el tipo colgado en el árbol trató de hacer reír a alguien que nunca se rió.

Banda sonora: Tu amor
Intérpretes: Charly García y Pedro Aznar
Álbum: Tango 4 (Columbia/Sony Music 1991)

viernes, 4 de mayo de 2012

Generaciones

Siempre que un nene me pide en la calle, le doy. No quiero hacerme el filántropo, pero es algo que me sale. No puedo detenerme a pensar si es obligado por algún mayor, lo cual es obvio, o si la acción de darle dinero es lo correcto en ese tipo de circunstancias. No puedo pensar en eso, me puede el desamparo de un pibe.
Hoy iba por la calle y un nene de aproximadamente 6 años con cara de niño educado y triste, con la cabeza rapadita, y ojitos grandes y tímidos me dice:
-Señor, ¿quiere comprar bolsas de consorcio?
-¿Cuánto cuestan?
-12 pesos
-Justo necesitaba -En ese momento fue una mentira que me hacían falta pero cuando llegué a casa se convirtió en verdad- Dame una. Tomá… y tomá 1 peso para vos. Para vos, ¿ok?...
-Sí, sí.
No me dijo gracias, no me importó.
Cuando sigo caminando veo que la mamá de este nene viene un par de metros atrás cargando un bolso no muy grande y acompañada por otros dos niños pequeños, versiones miniatura del que me vendió las bolsas, eran sus hermanitos. Traté por un momento de juzgar a esa mujer ya que era obvio que mandaba al nene para que personas como yo nos compadeciéramos y le compráramos, estaba usándolo para hacer un trabajo que debería hacer ella por su cuenta mientras él debería estar en el patio de su casa jugando a ser superhéroe o en el colegio aprendiendo el abecedario. Traté. Pero cuando la vi más de cerca noté en los ojos de esa mujer una tristeza de ésas que no son un estado emocional sino de ésas que son tan fuertes y duraderas que llegan a formar parte de un ser humano y quizás hasta llegan a definirlo. Pude ver en su rostro una tristeza que se fue tallando durante toda una vida.
Ella no estaba triste, era una persona triste. Lo es aún, seguro.
Entonces, cómo juzgarla cuando su vida desamparada es lo que le impide curar el desamparo de su niño, cuando la carita triste del pibe es sólo el reflejo de la de la ella. Quizás su vida haya sido más dura que la del nene. De última, lo único malo que hacía era usarlo para recaudar algo más, lo cual está mal de todos modos.
Es triste, lo sé. Tenía que escribirlo. Hay muchos casos como éste, no descubro nada con este post. Pero ¿y si este círculo de generaciones de desamparo no se termina? ¿Y si tengo responsabilidad?
Ojalá se termine. Se tiene que terminar.


Banda sonora: La costumbre
Intérpretes: Arbolito
Álbum: Cuando salga el sol (2007)

miércoles, 21 de marzo de 2012

Yo creo que algunos destinos están marcados: los trágicos


“Yo creo que algunos destinos están marcados: los trágicos.”
Cristian Rueda.

Una escena común de mi infancia era que se me pinchaba la bici, lo comentaba en casa y al toque me mandaban al Bicicletero. Es decir nunca arreglé una bici, ni ningún mayor se calentaba en arreglármela y/o enseñarme a hacerlo. Entonces yo iba con la bici al lado al Bicicletero, allí me atendía su señora, a veces, y si no él mismo en persona.
El Bicicletero era un hombre con muy poco dinero que se ganaba su poca vida arreglando algunas bicicletas y vendiendo algunas otras que él mismo armaba. Muchos nos preguntamos por qué algunas cosas quedan tan presentes en nuestra cabeza y otras se borran así nomás. Bueno, su look lo tengo fresco en mi mente como pocos recuerdos: camisa a cuadros abierta dejando ver su panza, jeans rotos, descalzo y sucio, siempre sucio. Parecía buena gente. Las veces que no tenía otros arreglos que hacer yo me quedaba esperando que terminara con mi bici mientras él me preguntaba sobre mi hermano mayor: “¿Sigue en la facultad? ¿Ya se recibió de ingeniero? ¿Le faltan muchas materias?”. Otras veces me conversaba sobre la moto que tenía mi hermano, a la cual se refería como “la japonesa”. Yo con mi corta edad era consciente de su realidad entonces sentía algo dentro de mí… ¿Viste cuando uno es chico y quiere cambiar cosas que ni los adultos pueden? Ok, eso sentía. Y no la voy a caretear, sentía lástima por ese hombre.
Un buen día estaba con un amigo, que jugaba al fútbol conmigo y se me pincha la bici y le comenté que la iba a tener que llevar al Bicicletero. Él respondió:
-¿¡No sabés arreglar una pinchadura!? ¡Es lo más fácil del mundo!
Ese día me di cuenta que el hecho de que nadie en mi casa me la arreglara ni me enseñara a hacerlo tenía una intención. Querían que la arreglase ese señor.
Mi hermano ya se recibió y trabaja de eso, yo ando poco y nada en bici. Con respecto al Bicicletero, hace unos años era común verlo caminar con mucho pesar, y no estaba viejo, sino muy enfermo. No supe bien de qué, creo que eran varias enfermedades. Hablaba con dificultad y no podía evitar sentir pena por él, y otra vez ese sentimiento que sentía de chico pero esta vez de grande. Finalmente, esas enfermedades lo vencieron y murió, camino que siguió su hijo cuando padeció una intoxicación severa. Hace pocos días volví a ver a la que fue su esposa. Estaba en el patio de su casa tocando las paredes de su casa para guiarse ya que quedó completamente ciega luego de una operación.
Creo que el destino de su familia siguió un cauce lógico, lamentablemente… como si estuvieran atrapados en él, como si no pudiesen escapar.



Banda sonora: Hey hey
Intérpretes: Attaque 77
Álbum: Antihumano (2003)

viernes, 13 de noviembre de 2009

Los espectros de Casa tomada

Se recomienda la previa lectura del cuento Casa tomada de Julio Cortázar del libro Bestiario. La siguiente es la versión del relato desde el punto de vista de los seres que toman la casa.

Vimos sus angustias convertidas en quietud, sus tristezas en complacencia. Somos espectros, si es la pregunta que tanto se han hecho, no diremos más que eso.
Habitamos su lugar pero en distintas formas, sería tan incomprensible para ustedes una profunda explicación como para nosotros muchas de sus actitudes de vida. Y a eso queríamos llegar a la palabra “vida”, ustedes, seres vivientes, han escrito interminables líneas y han reflexionado sobre ello. Estas dos personas, los dueños de la casa, tenían una sola característica de existencia, la que llaman respiración. Más allá de eso, no han logrado más que tejer y destejer; y leer y evocar. Limitaron su goce sólo a las paredes de esta inmensa casa y desoyeron llamados de su misma alma.
Encontramos sus personalidades para nada complejas así que no nos costó mucho esfuerzo saber qué hacer.
Ya habíamos realizado incursiones en su casa -mínimas- que planeamos como advertencia. Tomamos la parte de atrás como último aviso de disgusto. Pero ellos, aunque asustados, sólo limitaron su convivencia al sector de adelante de la casona y observaron como algo positivo tener menos casa que limpiar ¡Complacencia que exasperaba!
Ese día en que Irene tejía y su hermano miraba estampillas, decidimos instintivamente llevar a cabo la operación final. Sabíamos que su complacencia sólo les permitiría huir. Bastó hacernos distinguir por sólo uno de sus cinco sentidos para que hicieran lo que nosotros queríamos que hicieran. Mediante ruidos sordos nos manifestamos para infundirles el temor. Muchas veces lo hemos hecho para recordarles a muchos otros que están vivos. No toleramos la complacencia y la fácil capitulación, nos vimos obligados éticamente a emerger en su mundo y a llevar a esas vidas en otra dirección, al menos en una dirección.


Banda sonora: Puedes
Intérpretes: Catupecu Machu
Autores: Catupecu Machu
Álbum: Cuentos decapitados (EMI 2000)


jueves, 12 de marzo de 2009

El abrazo de Gael

La imagen de las piernas de Ariadna en la mente de Gael, que le habían provocado excitación en el momento original en que las vio, ahora lo herían muy por dentro como se cortan los amarres de una soga. Gael se iba soltando, cayendo.

Ya en su casa, cerró los ojos y apretó los dientes. Deseó que laguna lágrima hubiera caído, pero no. Poca vida había en su casa, sólo hendijas de luz y un sonido lejano de la radio de algún vecino, un sonido de melodías musicales que brotaba de júbilo inexplicable e infantil.

Durante un segundo, Gael vio a Ariadna yaciendo en su cama, moviendo mansamente sus piernas e invitándolo a su penumbra con esos movimientos. Luego de un pestañeo redescubrió la realidad. El eterno segundo había pasado cuando Gael se tiró a su cama con sutileza, abrazó el aire cuando cayó allí. Las lágrimas que pedían por salir desde la infancia al fin rodaban por sus mejillas. Gael experimentó el alivio, pero también fue un segundo y éste, sí, que no fue eterno.

Los segundos siguieron pasando dejando la eternidad para siempre y, en la radio del vecino, Ringo siguió cantando.

Banda sonora: Yellow Submarine
Intérpretes: The Beatles
Autores: Lennon/McCartney
Álbum: Revolver (Parlophone 1966)


viernes, 16 de enero de 2009

Las fotos

Luego de comparar su vida con la de Renée, Ámbar se sintió estúpida, ignota y horrible. Estaban mirando los álbumes de fotos de Renée en el sillón del living y al pie del otro sillón estaba Jeannette que se quejaba porque no la dejaban dormir. Después de cinco minutos de ladridos, Renée decidió que era el momento de sacar a Jeannette al patio. La perrita siguió ladrando desde afuera del departamento pero apenas se la percibía.
-Mirá todos estos, son los chicos de la pensión en que vivía- señaló Renée.
Ámbar seguía perdida en su mundo bajando, aún más, su autoestima.
-Acá estoy con mi ex y su hermana. Al pibe no lo veo más pero a la mina sí. Es buenísima ella, se llama Carla.
-¿Están son todas las fotos que tenés?
-Sí, más o menos. Te faltan ver las de los chicos del club, y hay otro álbum más que no sé bien que tendrá adentro. Hay otras que regalé.
Renée salió al patio a ver qué hacía Jeannette. Ámbar, en tanto, había dejado de lado el asombro hacía ya rato. Ahora, las fotos de Renée le provocaban envidia. Justo ahí, en ese sofá viejo del departamento de su amiga; Ámbar había descubierto que su vida fue siempre patética, y la tristeza, la bronca comenzaban a entrarle por los poros. Ámbar no llegaba a completar un álbum con las fotos que se había tomado con sus amigos, compañeros o familiares. Hizo fuerza y recordó la vez que más cantidad de personas se habían reunido en su honor: no fue en un cumpleaños, ni en su graduación, fue a los 18 cuando la operaron de apendicitis. Un hospital no es buen lugar para sacar una foto de recuerdo. Miró los cuadros que decoraban las paredes -todos eran fotos- y tragó saliva hasta que Renée volvió con la perrita tiritando de frío en los brazos.
-Pobrecita… Jeannette, me perdonás. No sabía que hacía tanto frío, mi amor. Le voy a buscar una manta para que esté más calentita.
Renée abrió la puerta del dormitorio en busca de la manta mientras la saliva de Ámbar volvía a ser una catarata. El abrigo para Jeannette le tomó bastante tiempo a su dueña. El tiempo suficiente para que Ámbar posara sus ojos verdes sobre los álbumes y los puteara así, sólo con los ojos. “Su vida tan llena y la mía tan vacía” pensó, luego, miró hacia la puerta, agudizó su oído para verificar que Renée no viniera y comenzó la ofensiva. Cada álbum de recuerdos fue destrozado con violencia y satisfacción. Ámbar esbozó su sonrisa más auténtica y hasta dejó caer lágrimas de sus hermosos ojos. Bella, furiosa y patética, evitó la risa pero no la sonrisa. Jeannette también disfrutaba, le encantaba destruir y cada foto que le entregaba Ámbar era añicos en pocos instantes.
Renée volvió sosteniendo la manta que cayó al piso conjuntamente con su labio inferior. Todo el living era papel fotográfico.
Ámbar sonrió y explicó:
-No pude hacer nada, sorry.

Banda sonora: Para saber cómo es la soledad (Tema de Pototo)
Intérpretes: Almendra
Autor: Luis Alberto Spinetta/Edelmiro Molinari
Álbum: Para saber cómo es la soledad (Tema de Pototo) (simple) (1968)


lunes, 22 de septiembre de 2008

Vacío

Con la habitación terroríficamente impecable, Ana se sentó en la silla de caoba con la mirada clavada en la puerta de entrada. Todo resplandecía: el barniz de los muebles, el encerado del piso y su pelo, negro pero brilloso, y atado bien hacia atrás. El que no brillaba era el revólver que estaba sobre la mesa, él también esperaba. El cerebro de Ana no divagaba sólo prestaba atención al tic-tac del reloj de pared que en ese contexto sonaba ensordecedor.

En su última sesión con el psiquiatra, Ana lo contó todo. Buscó, sacudió cada polvo de obsesión de los rincones de su mente y los hizo volar frente al médico. A él no le quedó otra que recetarle algo más fuerte y a ella no le quedó otra que comprometerse a tomar la medicación. Al salir del consultorio, Ana buscó desesperadamente un teléfono público. Cuando lo vio, cruzó la plaza sin advertir que los chicos jugaban a la pelota. Llamó a Leonel, le habló claro y fue certera, él se convenció de que debía acudir a la cita. Ana colgó muy segura de ello y se escabulló en la multitud de la hora pico.

Inmutable y con la vista en el picaporte, así esperó. Su única compañía era el revólver que expresaba casi tanto como ella.

Si bien Leonel dudó en pasar por la casa de Ana, fue llevado por su curiosidad. Ana siempre hablaba igual, pero esta vez su voz demostró seguridad y misterio al mismo tiempo. Leonel no iba por compasión, estaba cansado de sus reproches. Nunca fue misericordioso, ni siquiera la vez que dejó a su amigo sin trabajo a cambio de ascender jerárquicamente.

Con el pecho vacío, esperando de la intriga, llegó Leonel. Dio vuelta el picaporte, entró y en la penumbra pudo divisar cómo Ana tomaba sigilosamente la pistola.

-No te vas a animar…

No pudo terminar la oración, el disparo de la única bala que tenía pistola lo interrumpió. Cuando abrió los ojos vio a Ana o lo que quedaba de ella. La sangre había ensuciado todo lo que ella se había encargado de dejar impoluto previamente, ahora, el de la quietud era él. Ni la sirena, ni la llegada de los policías lograron conmoverlo, se quedó inmóvil y vacío. Vacío, ya no por intriga. Vacío por certeza. Él habitaba en la obsesión de Ana. En ningún otro lugar había logrado vivir con mayor intensidad y autenticidad que dentro de ella. Accedió a todo lo que le dijeron los policías y se perdió dentro del patrullero, vacío como nunca antes.

Banda sonora: Al vacío
Intérpretes:
No te va gustar
Autor: No te va gustar

Álbum: Aunque cueste ver el sol (Barca 2004)



martes, 16 de septiembre de 2008

Septiembre 1998

Abro mis ojos y, usando las líneas de la de la madera del techo, dibujo imaginariamente un montón de cosas: la primera es un animal parecido al cocodrilo, un hipocampo y, por último, una especie de garfio. Ya, con el guardapolvo puesto, me propongo desayunar café con leche y unas galletitas con dulce de leche, mientras alcanzo a ver los primeros minutos de los Halcones Galácticos. Me apuro y salgo volando, mi mochila cansando uno solo de mis brazos y la oscuridad todavía persistente de la noche anterior me empujan hacia la parada del ómnibus. El cielo bien negro y una pequeña garúa me asustan. No, no soy un miedoso. Anoche vi una película llamada “Milo”, era de terror. El villano era un niño muerto que volvía a la vida para atormentar las amigas de su infancia vestido con una capa de lluvia de un furioso amarillo y montado sobre una bicicleta roja. Ahora, un niño con capa amarilla y en bicicleta pasa a mi lado. ¡Terror!… Llego a la parada al fin y viene muy cerca mi ómnibus. Fin del terror.

Subo al colectivo, el chofer me dice que el boleto escolar aumentó 10 centavos. Lo miro extrañado.

-¿Qué? ¿No sabías?
-…
-Ok, no importa. Dame los 10 centavos que tenías y pasá.
-…

Creo que fue la primera vez que me habló un chofer de colectivo. Me aburro todo el viaje. El único esbozo de entretenimiento que encuentro es esquivar codazos, pisotones y espiar por la ventanilla la realidad de los otros. Mis compañeros seguro que tomaron el ómnibus anterior, el que pasó en el instante en que aterrorizado veía al niño de la capa amarilla.

Media mañana, clase de Ciencias Naturales. La profesora me odia, soy uno de los mejores alumnos y me odia. No me motiva su disertación sobre la clorofila y dejo de prestar atención, divago en mi mente que rápidamente encuentra una atracción. Orgulloso, me relajo. Me siento complacido y de tanto estarlo hago cosas tontas, que no hacen daño ni mucho menos beneficio. Estoy permitido. Estoy en la escuela, es verdad. Pero soy un niño. Golpeo la lapicera contra la mesa como haciendo una música que mi imaginación también se encargó de crear, muevo la cabeza, subo la mirada y la profesora me está mirando por sobre sus lentes.

-¿Qué estás haciendo?
-Nada- el ruido era casi imperceptible y decir que era escandaloso era una vil exageración.
-Vas a romper la lapicera.
-Es mía.

Le contesté a la profesora. Mis amigos me miran asombrados, pero también admirados, ni ellos se hubieran animado a tanto. Ella me miró, yo la miré, ella dijo algunas palabras, yo no la escuché obnubilado por mi entusiasmo. Continuó la clase. Ja, te gané, vieja.

Timbre. Chau, nos fuimos del colegio. Sebastián me va contando cómo anda Regatas, que le ganaron a Belgrano, hizo un gol, pero que, así y todo, se quiere cambiar de equipo, que quiere jugar conmigo. Es que Regatas no gana y él no hace goles, es todo mentira. Siempre miente, pero eso de que se transó a Maira, es verdad. Recuerdo que ella gustó de mí desde primer grado. A mí no me gustan sus cachetes, son muy grandes.

-Hoy vamos como a las tres- se autoinvita Sebastián.
Asiento con la cabeza.
-¿Quiénes vienen?
-Todos- me contesta ya doblando para su casa.

Luego de haber dejado a Seba, y continuando el camino solo, me imagino un futuro con Irene, la más linda del curso. Ella es adoptada y lo sabe, es feliz, su pelo es larguísimo, sus dientes maravillosos, su madre es profesora, el padre tiene un auto último modelo y tiene computadora como yo. Su familia parece la de un cuadro, vieron que todos sonríen como si vivieran de vacaciones. Canto.

-Yo no sé lo que me pasa cuando estoy con vos
me hipnotiza tu sonrisa,
me desarma tu mirada
y de mí no queda nada,
me derrito como un hielo al sol.

-¡Compañerito!
Es Gustavo, el vecino que sale del trabajo y siempre que me ve me lleva en moto hasta casa. Me subo inmediatamente, siento el viento y él me recomienda ponerme bien detrás suyo “no te vayas a resfriar”. Me pregunta cómo fue mi jornada escolar y le cuento que me seleccionaron como arquero para la selección de handball que competirá contra otros colegios. Felicitaciones, de por medio, nos despedimos y corro a mi hogar, el hambre hace eso.

El almuerzo pasó rápido y la tarde es el momento para la diversión. Llegaron los chicos a las tres, están todos y fueron puntuales. Juanchi, Seba, Dani y David: asistencia perfecta. Nos sobran proposiciones: Juanchi quiere ir a las casas en construcción, Dani ve con buenos ojos ir a los tubos de cloacas que están en la otra cuadra, David dice que en el asilo de ancianos abandonado hay infinidad de diversiones, yo no sé y Seba no quiere nada. Lo entiendo a Seba, dio un beso y quiere contar los detalles ¿Qué hacemos?

-Vamos a las casas en construcción- defino yo y rompo la modorra que el solcito tan abrasador nos iba imponiendo.
-¿Y la pelota?- dice Dani, que la había traído por las dudas.
-Dejala en casa, dasela a mi mamá.

Caminamos hacia las casas en construcción, son en la otra cuadra. Son cinco, una está casi terminada y no podemos entrar; dos no tienen techo y son pequeñas; y las otras dos son gigantes, con infinidad de pasadizos y habitaciones. Afuera de las grandes hay una montaña de arena a la que nos tiramos desde el techo y competimos por quién llega más lejos. Todavía recuerdo la primera vez que nos tiramos ahí. Juanchi fue el de la idea y el primero en experimentarlo, Seba siguió, después yo, David y Dani fue el último, es el más miedoso. La sensación del salto hacia la montaña de arena es lo más cercano a volar, la adrenalina se apodera de mi cabeza, el viento parece una música con zumbido que me cruza haciéndome traslúcido y siento poder, por primera vez en la vida me siento poderoso. Eso me hace sentir orgulloso, esos saltos me hacen sentir hombre mucho más que tomar a una chica de la mano o hasta, incluso, besarla. Soy niño y hago cosas indebidas, desafío a los ojos a la niñez.

Sebastián nos cuenta en el camino todo acerca de él y Maira. Le prestamos la atención debida, finjo sorprenderme pero ya lo sabía de boca de ella. En eso estábamos, oyendo la versión de Seba de los hechos, que obviamente era distinta que la de Maira.

-Pará, Seba callate- Dani escuchó algo dentro de la casa más grande.

Nos acercamos muy despacio y en fila de indios, parece que somos expertos en investigación. Tal vez lo somos. Cruzamos la primera puerta. Confirmado: son ronquidos. La desesperación nos puede, rompemos la fila india, nos abalanzamos a la primera puerta interior y vemos un cuerpo que exhala cualquier tipo de sonidos, de los que se hacen mientras se duerme. Hay un tipo harapiento, con mal olor, dormido y nos corta la diversión. Esa casa es nuestra hasta que los dueños vengan a vivir. El feo durmiente seguro que no encontró otro refugio y allí está, descansando con poquitas cosas en su bolso y una botella de alguna bebida alcohólica. Lo miramos en silencio y nos miramos en silencio preguntándonos “¿y ahora qué?”. Todos menos Juanchi, él es el salvaje del grupo por naturaleza, lo miro y la veo venir. Junta con sus fuerzas todo resto de mocos en su organismo, acomoda su boca para el gran momento y lanza el gargajo en la cara del tipo.

-¡No, boludo!- grita Dani y termina de despabilar al linyera.

El borracho abre sus ojos coloradísimos de bronca y alcohol, y nosotros empezamos a correr tan ligero que asombra.

-¡Tiene un arma, boludo!

Sí, tiene un arma y dispara al aire.

-¡Pendejos hijos de re mil putas! ¡Los voy a cagar a tiros!

La cara de Dani toma un color indescifrable, sus piernas se gastan por escapar y seguir en el primer lugar del grupo, lo más lejos del alcance del borracho. Si no fuera por nuestro julepe nos estaríamos riendo de él. Pero no lloró, Dani, no lloró. Seguimos a las corridas aunque no escuchamos más tiros. Corremos para treparnos a un camión que pasa pero no llegamos. Seba repite “tiene un arma” como si fuera un mantra que pudiera calmarlo, no siente lo que dice. Su boca y su cabeza se habían desconectado al estallar el disparo. Yo no hago nada más que correr y putearlo a Juanchi, que por primera vez no responde los insultos. No hubo más disparos, pero mantenemos el ritmo, los perros nos acompañan a puro ladrido atraídos por el miedo que sudamos y nuestra carrera incesante a la salvación. Miro atrás y ya no está Seba.

-Che ¡Acá! ¡Vengan acá! ¡Acá vive mi tío!- Seba saca la cabeza de unas plantas de una casa muy lujosa.

Saltamos las bajas rejas, nos metemos y suspiramos como cinco minutos sin parar. Ya está, se terminó, estamos vivos.

Juanchi se para y sale afuera.

-Ya está, ya fue ¡Viejo hijo de puta!
-¡Todo culpa tuya, Juanchi!- Seba lo increpa.
-Vamos adentro, Seba. Llamalo a tu tío y que nos deje entrar- Dani quiere estar a salvo, en serio.
-Ahora está trabajando. No hay nadie- creo que es mentira, nunca había sabido de un tío de él.

La calle nos llama, le hacemos caso pisándola. Nuestra facha ya no es la misma. Una vecina pasa a mi lado, me mira extrañada, me saluda y quiere saber qué ando haciendo por ahí.

-Voy a la casa de él. Es acá cerca.

Se va sospechando y continuamos viaje. Dani con una rama de árbol en mano usándola como bastón.

-Está re buena tu vecina- Juanchi le echó el ojo.
-Tiene dos hijos y un esposo así de grande- le informo.
-¡Qué me importa! ¡Está mortal!

Doblamos la calle y… ¡claro! ¡Llegamos a la panadería! Morimos de hambre, ser perseguidos es cansador. Las ropas más sucias y en peor estado son las de Juanchi, lo que quiere decir que él será el encargado de entrar al negocio y pedir bizcochos o facturas.

-¡Facturas!- concluimos.

Lo esperamos sentados en el cordón de la vereda. Seba arremete de nuevo con su historia con Maira, simulo mucho interés y desconocimiento por enésima vez y él se pone feliz con cada nuevo detalle que recuerda y nos relata todo. Un poquito inventa. Juanchi no sale y nos impacientamos. Me acerco, le hago señas y me dice que hay mucha gente. Bah, en realidad, le leo los labios.

-¡Ahí viene! ¡Ahí viene!
-¡Al fin, Juanchi!
-¿Qué querés? Si había una vieja que se compró un kilo de pan, bizcochos, grisines, pan lactal… No se iba más…
-¿Cuántas te dio?- Dani, era el más hambriento y desesperado.
-Me dio una bolsa de seis nomás. Es una amarreta y encima son oreadas.

Dividimos el botín en factura y media para cada uno. Soy rápido y agarro la única medialuna con dulce de leche que había en la bolsa, después me toca compartir un vigilante con Dani.

Allí sentados la tarde se nos escapa sin ir a buscar nuevas vivencias, es que inconscientemente concluimos que el episodio reciente nos era suficiente para satisfacer nuestras inquietudes de pequeños paladines. El sol se pone y nos encuentra a los cuatro sentados en la vereda comiendo, uno al lado del otro y la bolsita vacía de facturas girando al son de la ventisca como la de American Beauty. Estamos contentos, nuestra poción para la placidez es ésa: ser paladines… Paladines del huir.


Banda zonora: Corazón
Intérpretes: Los Auténticos Decadentes
Autor: Jorge Serrano
Álbum: Mi vida loca